Censura en la prensa de Huelva


A continuación reproducimos un artículo de opinión remitido al periódico EL MUNDO HUELVA NOTICIAS, no publicado por decisión de la dirección, el pasado 29 de abril de 2005.

TODOS A LA MIERDA. La semana pasada ha estado presidida, por lo que a Huelva se refiere, por dos acontecimientos que aparentemente no guardan conexión, pero que su coincidencia en el tiempo constituye la base de esta pequeña reflexión personal, que con toda seguridad va a ser tachada de catastrófica por muchos, pero que está fundamentada en un realismo que se pretende ocultar o minimizar. Por una parte, se han celebrado unas jornadas promovidas por la Universidad, con el escatológico título de “Historia de la mierda”, que ha servido de mofa, befa y escarnio en los medios de comunicación extraprovinciales, lo que ha supuesto una patética y esperpéntica proyección de nuestra Universidad a nivel nacional, que en vez de desarrollar su labor investigadora en temas más serios y transcendentes, delega estas funciones en centros universitarios más lejanos, como el Pompeu Fabra de Barcelona, cuyo profesor D. Juan Benach ha “descubierto” el alto riesgo de mortandad en el occidente Andaluz y concretamente en Huelva, por causa de diversos tipos de cáncer, aunque no se extiende sobre el número de enfermos que, gracias a los avances de la medicina, consiguen sobrevivir, lo que arrojaría datos aún más alarmantes. Por otra parte, la exposición pública del último informe elaborado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ha dejado entrever la necesidad de que se establezca un registro del cáncer en Huelva, para confirmar o descartar su posible relación directa con el Polo Químico, ha comprobado la existencia de metales radioactivos en la balsa de fosfoyesos, que ocupa una superficie superior a la del casco antiguo de Huelva, así como el potencial peligro de su rotura, por la escasa consistencia del terreno marismeño sobre el que se asienta y, finalmente, ha pronosticado los incontestables perjuicios que para la ya muy deteriorada estabilidad medioambiental de la Ría de Huelva, la protagonista del otrora alegre pasodoble, reconvertido en himno fúnebre, puede producir la concentración de centrales eléctricas de ciclo combinado, al elevar en ocho grados la temperatura de sus aguas, lo que explica la urgencia y el interés general que Endesa ha defendido con éxito judicial, para la instalación de la suya propia. Una gran parte de los que, desde distintas instancias y posturas, venimos sosteniendo la imperiosa necesidad de que se ponga fin, a largo plazo si se quiere, pero sin más trabas y subterfugios, a esta ignominiosa situación, tenemos muy poderosas razones personales para seguir clamando en el desierto de la incomprensión, pero los hemos marginado conscientemente para evitar alarmismos que fueran tachados de demagógicos, aludiendo únicamente a argumentos de carácter urbanístico, en pro de una progresiva recuperación de todo el frente fluvial del Río Odiel hasta su confluencia con el Río Tinto, que han sido calificados como falsamente nostálgicos, sospechosamente especulativos y maliciosamente contrarios a los desprendidos intereses de la industria química, por quienes, desde hace más de cuarenta años, han impuesto su implacable dictadura financiera. Pero si después de cuanto se ha conocido en estos días, los onubenses, mayoritariamente, optamos por perpetuar el cómodo conformismo de aceptar y asumir que lo que se expulsa de las chimeneas es vapor de agua y no gases contaminantes perjudiciales para la salud, que los fosfoyesos se pueden ocultar con una revegetación y convertirlos en un campo de golf, y que el alto índice de mortandad se debe al tabaquismo, a que ingerimos menos verduras que las cabras y a que adolecemos de un excesivo sedentarismo, a pesar de que la “avenida del colesterol” está cada día más transitada, y no se reacciona con contundencia, a pesar de que cada día nos enteramos de un nuevo caso de cáncer en nuestro pequeño entorno, no cabe más triste conclusión que la de aceptar, con una progresiva incertidumbre y una ausencia total de esperanza, esta endemia impuesta por los poderes fácticos y económicos, que arrasan y pisotean, sin el menor escrúpulo, las posturas contestatarias de quienes postulan una mejor calidad de vida para los onubenses de futuras generaciones, en la cada día más desilusionada creencia de que todavía no es demasiado tarde para conseguir tan justa pretensión. Por eso, y ante la seguridad de que este triángulo maldito por los efectos negativos de la contaminación, no distingue entre los que bajo la pamema de defender la estabilidad de los puestos de trabajo, sólo buscan el ascenso irresistible en su proyección particular; los que engrasan diariamente su individual veleta para posicionarse en la postura más acomodaticia; los que se doblegan sin ambages a la oligarquía del gran capital; los que disfrutando de una independencia personal y colectiva, prefieren permanecer en un vergonzoso anonimato; los que impiden que se realicen y publiquen estudios serios y solventes sobre la problemática planteada; los que no dudan en utilizar la más deplorable demagogia para conseguir o conservar su poltrona política; y por último, los que, a través de protestas y propuestas siempre pacíficas y respetuosas, defendemos inútilmente el ¡basta ya!, sólo cabe pronunciar como triste despedida, la frase que sirve de título a este remedo de artículo de opinión: TODOS A LA MIERDA. FERNANDO VERGEL ARAUJO

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